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Nunca planeé crear un estudio. Evoli surgió de forma natural durante la pandemia, mientras vivía con mi mejor amigo, Santiago Malberu, que también tiene su propio estudio de diseño. Empezamos a colaborar porque había mucho trabajo, pero sobre todo porque confiábamos en la perspectiva del otro. Con el tiempo, cada uno fue formando su propio equipo, y las personas que se unieron terminaron dando forma al estudio mucho más de lo que había imaginado. Durante años trabajamos sin nombre, sin portfolio e incluso sin Instagram. Todo llegaba por recomendación. Solo sentí la necesidad de formalizar el estudio cuando la gente empezó a acercarse a nosotros no solo para contratarnos, sino porque quería trabajar con nosotros y aprender de nuestra manera de pensar. Ese fue el momento en el que me di cuenta de que Evoli se había convertido en mucho más que una colección de proyectos.
La investigación es probablemente mi parte favorita del proceso. Empezamos comprendiendo el proyecto y su contexto, pero otra parte muy importante de la investigación nace de nuestra propia curiosidad y de nuestras referencias personales. Estamos constantemente recopilando libros, imágenes y objetos, y cuando llega un nuevo proyecto, esas referencias empiezan a encontrar su lugar. Más que buscar inspiración, intentamos comprender el mundo al que pertenece la marca —o el mundo al que podría pertenecer—. Después llega una etapa más silenciosa en la que dejamos de recopilar y empezamos a editar. Cuando esas conexiones se vuelven claras, el concepto aparece de forma natural.
Necesitamos entender cómo quiere ser percibida la marca, con qué quiere asociarse y qué la hace diferente. También nos importa mucho la persona que hay detrás del proyecto. Palabras relacionadas con el diseño como «minimalista» o «elegante» significan algo distinto para cada persona, así que hacemos preguntas que muchas veces no tienen nada que ver con el diseño en sí: qué les inspira, de qué objetos se rodean o qué valoran en su vida cotidiana. Esas conversaciones suelen revelar mucho más que cualquier briefing creativo.
El día que dejamos de improvisar el comienzo de cada proyecto fue el día en que encontré la tranquilidad. Siempre empezamos creando una línea de tiempo. Saber que un proyecto tiene un principio, un proceso y un final nos da permiso para explorar ideas sin sentirnos abrumados. Nuestra rutina nos aporta estructura, hitos y un ritmo en el que podemos confiar.
Lo que más me gusta es que nos permiten llevar la identidad más allá de lo visual. Nuestro estudio siempre ha tenido un enfoque muy táctil, así que nos interesa cómo se siente algo, el peso de un papel, la textura de un material, la luz de una habitación o la forma en que una experiencia cambia a lo largo del día. También me encanta que las personas interactúen físicamente con nuestro trabajo. Un menú, un cuaderno o un bolígrafo de un hotel pueden convertirse en parte de los recuerdos de alguien. Eso es lo que más nos interesa: diseñar no solo lo que las personas ven, sino también lo que recuerdan.
Nuestro estudio está en Juárez, en pleno centro de Ciudad de México, donde conviven constantemente distintas épocas y estilos arquitectónicos. Esa tensión visual ha moldeado mi manera de diseñar. La ciudad me ha enseñado que las ideas más interesantes suelen surgir al unir elementos que, en apariencia, no pertenecen al mismo lugar. Compartimos constantemente fotos de detalles que encontramos de camino al estudio: una señal de tráfico, un número, una barandilla o la tapa de una alcantarilla. La ciudad se siente como un archivo vivo que alimenta continuamente nuestro trabajo. Es una fuente constante de inspiración. Su mezcla de épocas, estilos y contrastes ha influido profundamente en mi forma de diseñar. Caminar por la ciudad y fijarme en los pequeños detalles cotidianos se ha convertido en una parte esencial de nuestro proceso creativo.
Creo que el primer paso es entender qué hay detrás de esa emoción. Nos interesa encontrar esos pequeños detalles que hacen que un recuerdo se sienta universal. Algo tan simple como un objeto, un color o una textura puede despertar una experiencia compartida. Esos detalles se convierten en el punto de partida para crear un universo visual completamente nuevo.