Hay algo transformador en subir a bordo del Venice Simplon-Orient-Express. El ritmo cambia al instante. Las horas se vuelven más suaves, las conversaciones más largas, e incluso los rituales más pequeños vuelven a sentirse significativos. Ver los paisajes deslizarse a través de las ventanas del vagón, arreglarse para la cena, reaplicar el perfume antes de que empiece la noche — todo adquiere un aire cinematográfico de la forma más natural. Incluso el servicio parece sacado de una película antigua, con una atención al detalle y una elegancia que hoy parecen casi olvidadas.
En un mundo construido alrededor de la velocidad, viajar en tren te recuerda que el propio viaje todavía puede ser el destino.